Poems

Despojos en el camino

Todo lo fui perdiendo con el paso
del tiempo:
primero la inocencia,
luego el sueño,
alguna vez la calma,
y con frecuencia
las fibras del ventrículo
generalmente izquierdo, con que queda
algo desaliñado y bastante imperfecto
el conjunto anatómico
que me ayuda a seguir viviendo cada día.

Imagen de mí mismo

Entre el cuerpo y el alma
me quedo con el cuerpo.
El cuerpo hace
que me sienta
limitado, imperfecto.
Me veo en el espejo y pienso:
ecce homo
que huele a nicotina,
que necesita lentes para ver de lejos,
que tiene unas motas de caspa en la chaqueta
y el cuerpo sustentado por dos piernas
levemente arqueadas.

El alma, en cambio, es un trasto inútil:
sólo sirve para darnos problemas,
no sabemos muy bien dónde encontrarla
y le tenemos miedo, por aquello
de las llamas eternas.
Por eso admiro el alma de los que no la tienen:
los herejes, apátridas, masones,
los que juegan con ases escondidos,
los ateos, las putas, yo mismo…

Wonderland

En esta parte del planeta
no hay contaminación:
el cielo es azul,
los campos fértiles,
las aguas transparentes.
Los seres humanos aman al prójimo
tan sólo un poco menos que a sí mismos,
acatan las leyes,
no comen carne más que
cuando se les pemite:
Son dóciles.
Aquí no hay crímenes,
huelgas,
ni manifestaciones
(están prohibidos los revolucionarios);
todos los automóviles tienen más
de seis cilindros.
La vida es pefecta
en estas latitudes.
Pasen y vean, señoras y señores.

 Del libro Tiempos imperfectos (1994)

Compañeros inseparables

Te encuentro en cualquier sitio adonde voy,
vives en cada espacio que yo habito
y a veces te sorprendo cuando llevas
los zapatos que yo quiero ponerme.
No sé cómo te llamas
pero cuando te hablo tú me entiendes,
caminas junto a mí, vienes conmigo
a todos los lugares que frecuento.
Sé que me seguirás por donde vaya
porque somos bastante parecidos.
Así que, compañero, no te alejes
ni permitas que nadie nos separe.
Somos en realidad un dúo de
noctámbulos, nos gusta acompañar
las noches con idéntica
marca de whisky; miramos de soslayo
a la misma muchacha y nos reímos
siempre con ese chiste
que a nadie le parece divertido.
De modo que, colega,
déjame que te llame por mi nombre,
fúmate un cigarrillo a mi salud
y apura lo que queda en este vaso.

No canto las hazañas ni a los héroes

Esta es la voz con la que sé cantar,
la rota, desolada voz del fuego.
Mi voz, con la que canto
a las sombras que habitan junto a mí,
a tanta oscuridad como me acecha,
porque ni soy Virgilio,
ni hay héroes en este vecindario.
Y si canto a los cuerpos de muejeres
que nunca fueron míos por completo
será porque la voz lo necesita.
Pero al anochecer
las melodías son bastante lánguidas,
y canto como un cisne entre las sombras
para esquivar la muerte más horrenda,
el silencioso olvido, la amargura.

Balance contable al finalizar el año fiscal

Lo recaudado casi no supera
la inversión inicial;
pocas ganancias
para haberte entregado a este negocio
y recibir tan poco porcentaje.
Pero no importa mucho lo que has dado,
lo que dejaste oculto entre las sombras.

Recoge tus monedas con premura
y sal a celebrar lo que posees:
la memoria de todo lo que has hecho,
el azul de los ojos que has besado
y el inmenso placer de seguir vivo.

Del libro Entre las sombras (1996)

XVI

Y NO OBSTANTE
de qué nos sirve haber medido hexámetros
recitar de memoria
conjugaciones de verbos en latín,
pasajes de obras clásicas;
saber de corrientes filosóficas
en desuso,
escuelas literarias,
lenguas decapitadas…
Para qué es necesario conocer a Maimónides
si no quedan perplejos,
si no existen asombros.
Quién afirma tener la certidumbre,
estar en posesión de las verdades,
conocer los secretos de la ciencia.

Porque ni la sabiduría es suficiente,
porque si ni siquiera nos preguntan
una declinación de las más fáciles
cuando vemos las muecas de la noche,
cuando se abren la fibras del deseo,
cuando la vida vuelve sus espaldas
a todo lo que ansiamos.

XXIX

NO ES MUCHO LO QUE QUEDA DEL PASADO,
si acaso madreselvas,
tal vez una bandada de milanos
presagiando las sombras.
Y de ti lo que queda es sólo un alga,
una planta marina y olorosa,
un aroma de ayer.
Queda lo que
muy voluntariamente me has dejado:
el olor que he aprendido
a extraer en el magma de tu cuerpo,
el placer milenario
de todos cuantos saben en qué acaba
cualquier noche silente.
Sólo queda
lo que tú quieras darme cuando vuelvas:
las raíces del aire,
el beso inconfundible de la arena,
las migajas sobrantes,
la limosna que no se niega a un pobre.

Sólo queda
lo que tú puedas darme:
la presencia del mar,
mi voz,
tu ausencia.

XXXV

PARA ACABAR, ME FALTA POR DECIRLES
que escribo con la savia del desprecio
cada visión ausente y malherida,
cada derrota en forma de cuerpo femenino,
cada lirio impregnado de distancia.
Escribo con el fruto de la noche,
con la péñola inútil del fracaso;
escribo con la ayuda inestimable
de musas que se entregan sin reparos
en fragmentos de muerte placentera.
Escribo en el papel de la amargura
que nace del recuerdo
y habita en sus preseas.

No creo en el mañana:
vivo en páginas
de color amarillo, porque sólo
ayer es lo que queda.

Del libro inédito Lo que queda

Welcome to New York City

El Hijo del Hombre pasea por las calles de Nueva York
entre el clamor de las multitudes.
Todo son vítores al Hijo del Hombre:
Wall Street se paraliza para ver el espectáculo,
los mercaderes se asoman a sus ventanas
le la Quinta Avenida.
El Hijo del Hombre se abre paso
entre predicadores con sonrisas de muchos quilates,
mercenarios, proxenetas
con sombreros de ala ancha,
explotadores y putas honestísimas.
El Imperio peligra porque el Hijo del Hombre
grita algunas verdades a la cara,
señala con el dedo a los culpables.
Afortunadamente aquí no crucifican,
pero el Hijo del Hombre no está a salvo:
existen métodos más inocuos y sofisticados
(inyecciones letales, por ejemplo).

Al Hijo del Hombre apenas le quedan cinco días
de estancia en Nueva York.

Se alquila apartamento

Y cada vez que voy por Milledge Avenue
veo un cartel que dice:
UNIT AVAILABLE.
Pero --yo me pregunto--
qué leyes de marketing aconsejan vender
un espacio vacío.
Cómo es posible alquilar una ausencia,
poner precio
a unas paredes de donde se ha marchado
la sonrisa,
la delicadamente rebelde sensación
de unos cabellos sueltos.
Quién puede pretender hallar un inquilino
para un espacio inerte
donde el calor humano se echa en falta.
SE ALQUILA APARTAMENTO,
dice el anuncio.
Y yo sé con certeza
que nadie va a poder
ocupar tu vacío en Milledge Avenue.

Del libro inédito Escrito a Melpómene

Elementos comunes

Tenemos en común el sujeto
gramatical: nosotros;
la más simple aritmética del 2.
Tenemos en común enseñar al que no sabe
lo que cuesta subir esta pendiente.
Y mucho más.  Tenemos en común
el tiempo y el espacio:
ayer, cuando te tuve,
y aquí, donde el deseo permanece.
Tenemos en común la geografía:
dos continentes,
pero quizá también un contenido
que dar a los recuerdos;
tenemos en común los elementos químicos,
pero principalmente el símbolo del sodio,
la líquida textura con que se hacen las lágrimas
para decir
adiós.

Gracias por lo que tuve entre mis manos

  Yo soy ceniza que sobró a la llama;
nada dejó de consumir el fuego
que en amoroso incendio se derrama.

    Francisco de Quevedo

Porque a veces llegué a tocar centímetros
cuadrados de tu piel;
tuve en mis manos partes de tu cuerpo
que eran tan mías como tuyas,
órganos tibios para la sorpresa,
carne
tan sólo comestible en noches de renuncia,
alimento
condimentado en besos y en heridas.

Porque es dulce la sangre que nos vio en silencio,
la que sentí en mi espalda al entregarme;
coloración salvaje que me diste
al cumplirse los plazos acordados.

Siempre veré el carmín de tu presencia,
la tangible fragancia que has dejado,
la llama que no acaba de extinguirse.
Pero doy gracias por lo que tuve entre mis manos,
por lo que queda si te vas aprisa,
y sobre todo por lo que recibo
de tu porosa piel: el combustible
con que alimento el fuego que has dejado.

Siempre contigo

A la espiral presencia de tu fuego
culpo de mis desmayos y mis penas,
y a la serenidad con que me llenas
agradezco mi calma y mi sosiego.

A tu ficción me precipito ciego
cabalgando en penumbras por tus venas,
porque con tu quietud desencadenas
la volcánica fuerza en que me anego.

Y basta a mi apetito tu semblante,
y sobra tu mirada a mi contento:
con tu presencia, amor, tengo bastante,

que sólo tu presencia es alimento
para mi soledad de circunstante
desde donde me sientes y te siento.

Para vivir (II)

Lloremos esta ausencia que nos deja
inexorablemente malheridos;
guardemos lo que queda en la memoria
mientras se extingue
el ruido de un motor al alejarse.
bebamos del arroyo de la vida,
probemos el manjar de la esperanza,
y sobre todo, amemos:
aceptemos la flecha que nos toque,
sepamos albergar bajo la piel rugosa
un corazón, una sonrisa.

Sólo esto es necesario
para vivir.

Del libro inédito Para vivir.